Gracias a todos
Las vivencias del trabajo en Haití comenzaron con la incertidumbre desde la activación, cuando el 12 de enero a las 18:30, una voz tranquila, firme y muy pausada nos avisó que estábamos en alistamiento para Haití. El Teniente Alirio Cáceres confirmaba uno a uno los integrantes del Equipo USAR Bogotá (Colombia).
La incertidumbre de dejar a mi familia, se combinó con un sentimiento de ansiedad. “Esto ya no es un simulacro, ya no es la conversación con Hermann o ‘Fuchi’; ya no está en el papel escrita cada cosa que nos corresponde. Ya no es una simulación, es la realidad”.
Una nube de pensamientos: las cosas de mi hija, verla, abrazarla; hablar con mi esposa, generar la logística para suplementar las necesidades de las dos, pero también veía en los ojos de mis compañeros la alegría mezclada con nerviosismo. La experiencia de muchos años de trabajo hablaba de manera pausada: “Cuídese, lleve todo lo que necesite, duerma; mañana no sabe en dónde le toque”, palabras del Sargento Sepúlveda y de Marcos Quiroga.
Estábamos un poco confundidos por la espera, la incansable y romántica espera que afianza en cada momento las relaciones con las personas que viajamos a ayudar a un país desconocido, con inquietudes, nervios y bajo un sol abrazador.
Al llegar a Haití sentí escalofríos. La infraestructura de los países que venían ayudar era gigantesca, los estadounidenses, los franceses, españoles y los equipos de emergencia del resto del mundo, todos hermanos, socios con un solo fin, en su mayoría con un emblema que me llenaba de orgullo: la ‘Cruz de Malta’. Bomberos que nos saludaban, nos preguntaban y nos aplaudían. Qué sensación tan extraña, pero es un verdadero orgullo poder ayudar mostrando la garra, la berraquera, los grandes que son los Bomberos Oficiales de Bogotá.
Desde el día de la activación, me di cuenta de la fuerza de los corazones de mis compañeros, bomberos que apostaban todo lo que tenían por sus ganas de ayudar. “Oremos”, me pedían cada día, cada noche, en un círculo sin importar lo cansados que nos sintiéramos; las circunstancias; con las banderas de nuestra institución, la de la ciudad y la de nuestro hermoso país, pedíamos un milagro, un milagro que fue hecho realidad con los rescatados, con los cuerpos recuperados, con los impases solucionados gracias al amor de un Dios, que siempre estuvo al lado nuestro.
Viví por días al lado de 37 héroes, con ojos de paciencia y una forzada calma, como papás que con cada recomendación daban un concejo, eso lo aprendí del Teniente Hernández, de Llanos, y del incansable Teniente Cáceres. En USAR somos un equipo.
Veía la preocupación de cada mañana por que administrativamente nos estuvieran respaldando desde Bogotá, en los momentos de silencio de William Tovar, quien años atrás fuera instructor de los quienes hoy éramos sus compañeros en la misión; la alegría, el compañerismo y el ánimo de Luis Eduardo Pulido, de Panqueba; el compañerismo de Pablo González, Joel Bustamente; Iver Escobar me daba una clase gigantesca de altruismo y de compromiso, el ojo incansable de más de tres mil imágenes de Patricia Lesmes; noches enteras de informes, papeleos, formatos; un sueño hecho realidad de un hombre que en el silencio de cada detalle minucioso logró la organización: Hermann Martínez. Aprendí de la alegría en momentos difíciles de Uriel Naranjo que, en medio de su picardía, es un caballero.
¿Qué más puedo contar de las vivencias de Haití? Que estuve al lado de 37 almas bomberiles que me enseñaron a ser mejor persona, mejor bombero, mejor padre, a creer más en Dios. Lo que aprendí es que hacer historia es estrechar relaciones, es poder decirles a sus compañeros gracias, gracias a cada una de las personas que nos acompañaron desde sus estaciones o escritorios, gracias por apoyarnos y poner en alto nuestro escudo, nuestra identidad alrededor del mundo.
Bombero Carlos Ramírez.
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